Bad Trip I – Cartas de Color (27/08/2016)

Venía de una experiencia mágica, tal vez irrepetible: Conciertazo de Les Luthiers en el palacio de los deportes, Bogotá. Tal vez única vez en mi vida que pueda alcanzar a ver en vivo la genialidad, la atmósfera increible de semejantes leyendas vivientes. Pero este relato no es sobre eso… ya reseñas de ese recital sobran. Saliendo del evento con los ánimos encendidos, el hermano de mi amigo saca una bolsita con unos moños de hierba, y decidimos ir al apartamento a prenderlo y relajarnos un poco. Nos encerramos en el cuarto, ponemos una toalla en el intersticio de la puerta y procedemos a armar el porro. El hermano disgregaba el material hábil pero parsimonioso, armaba un filtro con cartones recortados, y en cuestión de minutos armó el churro más grande que jamás haya visto.

Empieza a rotar, mientras Calamaro suena de fondo. El humo invade la habitación, y a medida que inhalo siento como se aleja la percepción de la realidad. Inmediatamente mi mano con el porro en la mano pareciera ser lo único presente en la habitación, mientras el fondo se aleja y se ve borroso. Los veo a ellos acostados en mi cama, veo las paredes blancas de mi cuarto… y siento que mi apartamento se ha transformado, que afuera de la puerta ya no estamos en Bogotá. Estamos en Constitución, en un edificio antiguo y derruido. Me siento como si me hubiese transportado en el tiempo, regresado a mi infancia. Y con mi infancia regresa mi asma. Me siento asfixiado, apabullado por la atmósfera blanquecina que ha invadido el cuarto por completo. Me paro con dificultad y abro la ventana, esperando poder inhalar una bocanada de aire fresco que me mantuviera con vida.

Camino con dificultad, las piernas me pesan, las manos están entumecidas. Tengo miedo, mucho miedo. Mi amigo me mira indiferente, asumiendo con naturalidad mi estado. “Salgamos a la sala parce, vamos a poner música en el televisor“, dijo su hermano. Al abrir la puerta, confirmo que no estamos en ningún constitución, es mi mismo apartamento de siempre. Aunque parecía infinitamente grande. Me senté en una silla al lado del sofá, mientras la televisión se prendía. “¿Que quiere escuchar viejo man?” me preguntó mi amigo. Yo trataba de hablar, pero no podía articular sonido alguno. Estaba trabado, estancado, ahorcado… no podía hablar. “Diga que quiere cartas de color, maaan” decía su hermano. “Ponga cartas de color maaaan” insistía su hermano. “Usted lo que quiere es cartas de color maaan, diga que cartas de color“, dijo por tercera vez.

Ponga cartas de color” dije, mirando al horizonte. Y arrancó el video:

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“Yo nací en el África, por eso mi piel es negra,
Mi nombre el Oblongo, que en dialecto Swahili
quiere decir, mas largo que ancho.”

La grave voz de un ochentero Marcos Mundstock retumbaba en la sala, capturando mi atención por completo. Al ver esa grabación tipo VHS, mi mente empleó este video como puente, transportándome a mi infancia. Volví a ser un niño introvertido, lleno de miedo. Volví a sentir estar en todos los lugares en donde había estado, en todos los colegios y ciudades en los que deambulé en las primeras etapas de mi vida. Sentía vívidos todos los detalles de aquellos apartamentos, mis sábanas, mi cama, el baño, las aulas de clase. Pude ver a todos aquellos que alguna vez pasaron por mi vida. De repente los pensamientos negativos invadieron mi ser, y pasé a afrontar la primera lucha de aquella noche: estima personal. Pensé sobre cual era el objetivo de vivir. ¿Con qué propósito se sigue adelante?, ¿Esto no es acaso todo lo que hay?, ¿Que va a impedir que mi presencia en este mundo sea minúscula, mísera, irrelevante?, ¿Quién te quiere?, ¿Quién te va a extrañar?. Las voces dentro de mi cabeza me invitaron a terminar con esto de una vez, pero yo estaba muy paralizado para actuar, estaba lleno de congoja. Eran irrefutables sus argumentos, realmente no sentía que alguien me quisiera. Me sentí solo como nunca en mi vida. El vídeo continuaba:

carlos-nunez“Querido tío Oblongo:
Después de mucho deambular, estoy por fin aquí, en los Estados Unidos.
Al llegar, mis primeras impresiones… fueron digitales.”

La versión ochentera de Carlos Nuñez hacía su aparición en escena. “¿Si le está gustando, parce?” me preguntó el hermano, aparentemente en un estado transicional similar. “Si, Si” le respondí casi que automáticamente, mientras todavía luchaba en contra de las voces en mi cabeza. Procedí a acostarme en el sofá, para dar paso a la segunda lucha que afrontaría esa noche: sensorial. Sentía mis extremidades dormidas, mi garganta se sentía áspera y agrietada, sedienta. Mi cara quemaba, picaba y se derretía, mientras el resto de mi cuerpo se moría de frío. Titiritaba, palidecía. Me paré con dificultad y busqué una botella de agua, tomé un poco pero no calmó mi sed. Volví a pararme del sofá, y busqué algo dulce para aplacar el dolor de garganta, encontrando en el camino una pasta de chocorramo, parecida a la nutella. Metí una cucharada a la boca, sintiendo una explosión en la boca, completamente extraña. Al parecer fue la cura a mis temblores. Volví a concentrar mi atención en el vídeo:

danielAy te necesito, vuelve a mí por Dios,
Sediento estoy…
Humedéceme, salpícame, rocíame,
riégame, chorréame.

Daniel (QEPD) saltaba a escena, mientras en el otro plano yo volvía a estar en otro lugar. Ya mi amigo y su hermano no existían. Esta vez no era el pasado, esta vez era el futuro. Vi una casa enorme, y vi niños jugando con un labrador. Vi un futuro sin ningún tipo de tribulaciones, un futuro burgués (si se le quisiera llamar así). Vi un futuro con comodidades, con reconocimientos, un esfuerzo a mis luchas. Luego vi versión más adulta de mi ser, tal vez en sus cincuentas, con el pelo plateado y vestido formal. Salía del teatro, con una mujer de rizos negros agarrada de mi brazo. La contemporánea también se veía entrada en años, aunque conservada y elegante. Aún así, pude reconocer que se trataba de una versión adulta de mi ex. Reíamos, nos veíamos completamente felices. Se empinaba para darme un beso en la mejilla, mientras abría el paraguas para salir a la peatonal. Parecía la calle Florida.  Apenas mi visión se completó en lo que fue la tercera lucha de esa noche: sentimental. Las visiones se apagaron, y volví al sofá en donde luché por mantenerme con vida. Sentí luego un frío desgarrador, pero esta vez fue el frío de la soledad. Sentí que mi futuro estaba ahí, que tenía que luchar por el. Tenía que cumplirlo a toda costa. Que si lo dejaba escapar, que si no volvía  a lograr que esa mujer me quisiera, nada tendría sentido. Luego sentí que era imposible, que las cosas nunca volverían a su estado natural. Que es imposible volver en el tiempo. Que no es divertido poder ver lo que nunca va a llegar a ser.

El vídeo terminó. Quedé dormido en el sofá.

El efecto químico se había ido. Pero la lucha interna continúa…