La dignidad de la vereda (9/08/2016)

Jairo nació, creció y vivió toda su vida en la vereda, rodeado de paisajes tan hermosos como casas precarias, en donde nunca sobró nada. Siempre tuvo a los mismos vecinos, de los cuales conocía toda su vida, y saludaba efusivamente cada vez que pasaban en la moto en frente a su choza. A Jairo nunca le llamó la atención el negocio local. Todos sus familiares y vecinos se desempeñaron como patieros, cuñeros, recorredores, obreros razos, inclusive algunos llegaron a supervisores y mecánicos. Pero esa no era vida para Jairo, el cual siempre se desempeñó como pescador.

Eso sí, se sabía todas las historias de la vereda. Él estuvo presente desde cuando los gringos manejaban el negocio. Supo los nombres de todos los ingenieros que pasaron por el campo, todas sus historias, todos sus secretos. Supo las historias de sexo y de violencia que rodeaban la vereda, y por eso despreciaba el negocio. Jairo creía (y con justa razón) que la explotación petrolera solo le había traído a la vereda miseria, prostitución y malas costumbres. Que, a cambio de unos cuantos puestos de trabajo, todos sus compañeros de la vereda se creían magnates petroleros, y se bebían toda su quincena en una cantina local, mientras sus hijos seguían pasando la misma hambre vieja, y las carreteras tenían los mismos huecos de siempre.

Jairo fue un hombre que decidió mantenerse al margen de todo lo que sucedía a su alrededor, y crió a su familia bajo los mismos principios. En la vereda, las historias de triángulos amorosos y traiciones eran el pan de cada día, sin embargo, el suyo era el único matrimonio estable de todo el lugar. Fue el padre de dos hijos, el mayor se fue a la ciudad a estudiar y buscar un mejor futuro, mientras que la menor tenía apenas quince años, y estaba empezando a florecer en su madurez. La belleza de su hija atraía a propios y a extraños, a obreros y a ingenieros por igual, quienes pasando en sus camionetas quedaban absortos observando la belleza de su hija. Los más osados dejaban un chiflido, un piropo, un guiño inocente. El sabía que debía protegerla de toda maldad.

Pero a veces no basta con vivir al margen. Eventualmente, el destino termina alcanzando a todos por igual. Esta es la parte de la historia en donde entra Henry González, el jefe paramilitar más sanguinario de la zona. Dueño de una finca al norte de la vereda, y como todo buen matón de poca monta, quería de alguna forma emular al gran ídolo nacional, en su caso, coleccionando animales exóticos. “Los Lagos” estaba lleno de flamencos, pavos reales, tortugas galápagos y cocodrilos (los cuales según los rumores se alimentaban de cadáveres). Henry siempre respetó a  Jairo por ser uno de los habitantes más antiguos y queridos de la vereda. Nunca en todos sus años se metió en un problema, fue involucrado en algún rumor, nadie nunca dijo una sola frase en su contra. Pero le encantaba su hija, y cuando a Henry González se le metía algo en la cabeza, no había poder humano que pudiera convencerlo de lo contrario. Cada día crecía más su obsesión por poseer el fruto de su madurez, por ser el, el más temido jefe paramilitar de la vereda, quién pudiera probar las mieles de su pubertad, desvirgarla completamente, hacerla suya. No pensaba en otra cosa: esa señorita tenía que ser suya a como diera lugar.

Una tarde, Henry llegó con 2 de sus sicarios en su camioneta, a la casa en donde Jairo descansaba después de una jornada de pesca.  Lo encontró sentado en su mecedora, resguardándose del implacable sol de la zona. “Don Jairo, ¿Cómo me le va? ¿Cómo estuvo la pesca hoy? ¿Mucho mero o si hay buen bagre?” decía mientras caminaba hacia la mecedora. Jairo no podía sacar la vista del revólver que tenía metido Henry entre el pantalón y su prominente barriga. “¿En que puedo ayudarlo, don Henry?” dijo de manera cortante el pescador.

Vea, ya usté’ sabe para que vengo yo aquí. Vamos a hacer esto sencillo mi hermano. A mí me gusta mucho su peladita, y quiero llevármela por las buenas. Le puedo dar 10 novillos, bien sanitos, pura calidad como a mí me gusta pá. ¿Qué dice?”. Las palabras de Henry no cogieron desprevenido a nuestro protagonista, el cual sabía desde hace ya mucho tiempo, que este día llegaría. “Don Henry, con todo respeto, primero muerto antes de que mi hija se vaya con un matón como usted. Mi hija es una mujer decente, y se va a ir de este caserío a estudiar, como su hermano. Nada de andar vendiéndola como si fuera una vaca más. Ni 1000 novillos pueden comprar la dignidad de mi familia”, dijo esto el pescador con la voz más calma posible, sin ninguna gesticulación, como si tuviera esas palabras memorizadas desde hace mucho tiempo. Y esas palabras fueron su sentencia de muerte. “Cuídese mucho don Jairo”, dijo Henry, hizo una reverencia y se dirigió nuevamente a su camioneta.

Esa misma noche, siete hombres armados entraron por el patio de la casa, mataron a su mujer de un tiro en la cabeza, vendaron y amordazaron a don Jairo y a su hija, y los metieron en el plató de la camioneta.

Los destellos fugaces del gas quemado en una tea fueron toda la iluminación presente para atestiguar las atrocidades cometidas esa noche. Esa noche, ni la luna ni las estrellas se asomaron, pareciera que estaban indignadas, tapadas entre nubes. A la hija del pescador la violaron en reiteradas ocasiones, mientras su padre miraba. La tenían en el suelo boca abajo, mientras ella gritaba a través de las mordazas. Lógicamente, Henry fue el primero de toda la serie de amantes que tuvo la joven esa noche. Una vez cumplida su obsesión, y una vez todos sus hombres hubieran disfrutado, acabó con la agonía de aquella muchacha de un solo tiro en la cabeza. Y ahora sí, llegó el turno de saldar cuentas con aquel insolente, con el padre del festín, el que cometió el pecado imperdonable de tener dignidad. Sabía Henry, dentro de toda su locura, que ver a su hija ser violada sin poder hacer nada era castigo suficiente para el hombre. Así que en su infinita misericordia, simplemente decidió ahorcarlo en un machín.

El cuerpo de Jairo fue descubierto por uno de los recorredores del campo en la madrugada del día siguiente. Las moscas sobrevolaban el cadáver, mientras los buitres esperaban pacientemente sobre la estructura de hierro. Atado con maestría en medio de las grapas y sostenido por la barra lisa, mientras se balanceaba hacia arriba y hacia abajo, yacía el cadáver del pescador, el cual tenía el rostro más triste que se haya visto por esas tierras.

En las declaraciones de justicia y paz, de muchos años después, las muertes del pescador y su familia serán contabilizadas como “auxiliadores de la guerrilla”, pero todo el mundo en el pueblo sabía, que ellos nunca hicieron nada en contra del régimen establecido. Que su único crimen, fue decir no.

Ahí quedó la dignidad de la vereda, colgada de un machín.

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