Dientes (24/04/2017)

Hay algo íntimo en la dentadura de una persona. La huella que deja la mordedura es similar a una huella dactilar, debido a que el registro dental es único e irrepetible en cada ser humano. Dos elevado a la quinta potencia, 32 dientes conforman una mandíbula adulta (contando las cuatro muelas cordales). 32 Dientes que pueden variar en tamaño, espaciamiento, orientación y/o geometría (superior o lateral, a falta de un término más técnico). Todas esas variaciones, con sus correspondientes permutaciones, nos darían una cantidad prácticamente infinita de dentaduras. Es matemáticamente posible creer (e inclusive demostrar) que cada ser humano tiene un registro dental único e irrepetible. Y eso sin tener en cuenta los factores humanos que pueden alterar dicho registro. Cualquier fractura, cualquier caries, cualquier retenedor u otro artilugio de ortodoncia, cualquier amalgama (o resina para los afortunados que pueden costearse tratamientos fuera del POS) solamente aumentará la probabilidad de unicidad dentro del conjunto.

Los dientes además son parte de nuestro léxico popular. “Enseñar los dientes” es asumir una postura ofensiva, por el contrario “Pelar el diente” es simplemente sonreír. En la antigüedad se examinaban cuidadosamente los dientes de los esclavos y demás bestias al servicio del hombre blanco, como sinónimo de buena salud y capacidad de trabajo, de ahí viene la expresión “a caballo regalado no se le mira el diente”. Lo que no cuesta no puede ser sometido a riguroso examen, ya que es un signo de mal agradecimiento con quien desinteresadamente nos ofrece un bien o servicio. “Tiene más dientes que una pelea de perros” suelen decir en la región caribe, despectivamente a alguien con dentadura irregular. Soñar con dientes caídos es generalmente un augurio de muerte. ¿Qué pasa cuando se sueña con una dentadura con una cantidad inusual de dientes? No lo sé todavía… pero a veces me carcome en las madrugadas. Es uno de mis sueños recurrentes: una dentadura con 300 dientes, ubicados todos sobre el paladar y debajo de la lengua. Supe luego por intermedio de un colega que fue un caso real en la India, y que los dientes de ese pobre enfermo eran no más calcificaciones tumorosas.

Nos cuidamos los dientes regularmente, nos cepillamos por lo menos tres veces al día, con seda dental y enjuague bucal. Una dentadura perfecta es sinónimo de belleza, de pulcritud, de salud y bienestar. Ir al odontólogo entonces se vuelve una experiencia íntima. Nuestro conjunto único de dientes, producto del azar, la genética y nuestro propio actuar se somete a inexorable escrutinio. Nos sentamos en una silla reclinable, a la luz enceguecedora del consultorio, y escuchamos a nuestro odontólogo hablar y hablar, mientras incómodamente nos esforzamos por respirar por la nariz mientras nuestra boca abierta se llena de saliva. Le estamos ofreciendo una parte de nuestra historia. Nuestro registro dental yace como un libro abierto a nuestra propia personalidad, invitando a la persona que está encargada de este servicio, a que nos conozca y nos ofrezca una mejor versión de nosotros mismos. Mostramos nuestra persona, nuestros hábitos, nuestras costumbres, en una sola sesión. El odontólogo solamente asiente y toma nota profesionalmente. Nos cuida solamente como un acto profesional, pero bien podría ser entendido como un servicio desinteresado, o como un acto de amor.

Me gusta creer que la dentadura tiene su mística. Que una sesión rompe las barreras de lo desconocido, que hace a dos personas íntimas. Puedo estar equivocado, pero en el fondo espero que así sea. Quiero creer que al abrir mi boca, abro mi persona hacia ti. Y al dejar que me la cures, dejo de igual manera que rellenes mis inseguridades y que me hagas creer nuevamente en una vida más inocente, más sana.

Quiero conocer tus 32 dientes, de la misma manera que tu conociste los míos. Y después de conocer tus dientes, quiero saber todo lo demás. Y después de saber todo lo demás, quiero que nuestros dientes choquen en un beso. Y después de ese choque, habremos sido íntimos.

Hasta la próxima sesión.

Dicha (14/4/2017)

La dicha de despertarse al alba en un festivo, sentir el frío en los pies, salir a la terraza y ver salir el sol por los cerros orientales, ambientado con Jim Morrison y un cigarrillo.

La dicha de salir a andar en bicicleta cuando quiera. La dicha de ir a cine a ver la película que quiera, cuando quiera. Dicha de no tener a nadie que le hable a uno durante la película, o peor, que hable solamente para decir estupideces. Y ni se diga la dicha que uno siente al ver el fútbol solo. Que nadie le pregunte a uno que le explique la regla del fuera de juego, o porqué el gol visitante vale doble.

La dicha de no tener que visitar a los suegros. La dicha de no inscribirse a clases que uno no le gustan, o fingir interés en cosas que a otra le gusten, solo para encajar con ella. Sólo para vencer el miedo biológico de no morir solo. La dicha de poder conectarse a la hora que uno quiera, hablar con quien quiera, y dejar en visto a quien sea. La dicha de no tener que responder un interrogatorio que va desde “¿Por qué no me contestas?” hasta “¿Cuánto me quieres?”. La dicha de poder decir lo que se me venga en gana, de andar sin filtros por la vida. La dicha de tener amigos que lo quieran a uno como es, salir con ellos a dónde sea, y poder llegar a mi casa a la hora que sea.

La dicha de poder dedicarse a la familia y al trabajo. La dicha de no tener que rendir cuentas. La dicha de reencontrarme con mi individualidad perdida, y descubrir la maravillosa persona que soy.

La dicha de tener el mundo por delante.

La dicha de no renunciar a uno mismo. Solamente a cambio de una docena de besos.

P.S.: