Misa (17/09/2017)

Hay un culto nocturno oculto en el centro de Bogotá, donde el diezmo se pide por adelantado. Los feligreses presentan su cédula, pasan por una requisa, dejan sus chaquetas y entran al salón principal. Un arco gigante con imágenes electrónicas caleidoscópicas se alza por encima del atril, debajo de el se encuentra el cura, con una copa de champagne en una mano, y con la otra mano en el tornamesas. Sus monaguillos se encuentran atrás de el, en la zona VIP, bailando y dándole ánimos. Ánimos para que haga su magia, para que el tornamesas predique a través de sus parlantes la palabra sagrada, la que todos han venido a escuchar: una música que hace olvidar que existe el mundo exterior, una música que permite sentir felicidad plena, que hermana a todos los que se encuentran en la pista para oírlo tocar, que dan ganas de moverse por los siglos de los siglos. El cura recita, los creyentes se sienten llenos. El DJ hace magia y la pista la disfruta. Los feligreses consumen, cierran los ojos y bailan, bailan sin parar. Esa es la rave. Esta fue mi primera vez.

Pasando el salón principal se encuentra un ambiente intermedio. Corrientes de aire fresco permiten descansar del frenesí inicial, fluyen las botellas de agua, las cervezas y los bom bom bun. Luego viene el segundo ambiente, en donde hay otro atril a los pies de un árbol ancestral, que se eleva por encima de un techo de vidrio. La luna y las nubes capitalinas son testigos de un ritual que dura toda la noche.

En ese momento la ostia hace efecto. Se pierde la noción del tiempo y el espacio. Se pierden los miedos y las inseguridades, se queda el corazón solamente con una sensación de plenitud. El beat continuo del cura predica sobre el amor y la amistad, sobre la plenitud personal y el auto-respeto. El frenesí es imparable, uno solamente quiere hacer parte de ese espiritu intangible que todos los presenten comparten. Miras a tu lado y los demás feligreses te regalan miradas de complicidad, candela para el cigarrillo, o cualquier otra cosa más. Fluye todo, no hay límites.

Llega un punto de la noche en el que los orgasmos se sobreponen, la respiración se agita, se eriza la nuca y la música se siente tan espectacular como si uno estuviera recibiendo una felación en la mitad de la pista. Toca abrir la boca, sonreír, reír y gritar, todo al tiempo de ser posible. Sabes que el consciente ha perdido la batalla esta noche, está entregado por completo a una sensación de plenitud tan pura, que nunca lo había sentido antes. Sin darme cuenta sale la luz del amanecer por el techo de vidrio, y la gente festeja el nuevo día como se merece, como un logro de la naturaleza. “¡BUENOS DÍAS HIJUEPUTA!” atino a gritar. “¡Que linda vida para estar vivo!”, le digo a mi mentor, que solo responde con un saludo de puño cerrado.

Salimos a las 7 de la mañana, completos, rejuvenecidos, con ganas de seguir. Un caldo y a la casa. Al día siguiente viene el bajón, el cual le tenía mucho más respeto de lo que realmente es. Se pasa completamente relajado durmiendo, y con un poco de ayuda dulce.

¿Quién necesita la religión? ¿Quién necesita un Dios?

Tuve algo mucho mejor, tuve MDMA.

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