Si no se sufre no es Junior (06/06/2016)

No me arrepiento de nada, y lo volvería a hacer mil veces. Esta es una historia que merece ser contada. Y esta es una alegría que de nuevo mi equipo me da. El que representa mis raíces, el equipo de mi papá, el equipo que es ridiculizado y minimizado por la prensa Bogotana siempre… les ha pintado la cara una vez más. Y estuve ahí para contarlo.

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No hay palabras que permitan definir la alegría tan inmensa que sentí el día de hoy. Trataré de hacer todo lo posible para plasmar este sentimiento, para lograr recoger las crónicas de una historia que voy a atesorar conmigo para siempre, como hincha y como ser humano. Había decidido entrar al Campín a apoyar a mi Junior en la vuelta de los cuartos de final del torneo local. La ida había quedado 2-0 en Barranquilla, lo cual me motivó a adquirir mi boleta. Para mi sorpresa, no pude conseguir en la tribuna habilitada para la parcialidad visitante, así que me vi en la obligación de infiltrarme entre los hinchas de Millonarios, una de las hinchadas más peligrosas del país. Practiqué durante varios días, me mentalicé a que bajo ninguna circunstancia podía permitir ser descubierto, así que no iba a hablar con nadie, no iba a festejar nada. Frente al espejo gesticulaba mi mejor acento rolo, el cual creo haber ejecutado de manera natural.

Llegó el día, y entré en el papel desde la adquisición de la boleta en la tienda azul de Floresta. Haciendo la fila un hincha me mandó al fondo de manera grosera, lo cual me hizo adquirir más antipatía de la que ya tenía frente al equipo. Pero no me importó, seguí inmutable en mi papel. Llegué al estadio con una hora de anticipación, hice mi fila para entrar a la tribuna oriental, pasé por el control policial y busqué mi asiento. El estadio estaba a reventar, hasta tal punto que había gente sentada en las escaleras. Por televisión no se alcanza a dimensionar el poder humano que tiene la tribuna, era estremecedor la manera en como todos los presentes en el estadio cantaban al unísono. Naturalmente, yo no me sabía ninguna de sus canciones, pero acompañaba con las palmas a riesgo de ser descubierto.

Sonaron los himnos, y en el himno de Bogotá el estadio se quería caer. Los presentes hacían un gesto con la mano uniendo los dedos pulgar e índice, a manera de anillo, y extendían el brazo como si fuera un saludo fascista. Aparte de esta peculiaridad, empieza el partido. Tenía sintonizada RCN radio con un audífono, mientras con el otro escuchaba a los hinchas a mi alrededor, comentando el partido. Todo era extremadamente parcial. La radio era extremadamente parcial. Paché Andrade contaba todos los segundos que demoraba Viera en cada saque de arco (“17, 23, 33 ¡impresionante! ¿hasta cuándo árbitro?”). Las rechiflas bajaban todas contra viera, mientras yo por dentro hacía fuerza porque demorara todo el tiempo del mundo. Junior jugó un partido muy inteligente en la primera mitad, jugó con la desesperación de los locales, y logró contragolpear magistralmente con Aguirre en punta de lanza, y golpear el 0-1 esperado. Todo el estadio se enmudeció y yo tenía un impulso interior de pararme y celebrar. Pero no lo hice. Simplemente me puse las manos en la boca simulando congoja, pero por dentro le daba gracias a Dios. Sentía que la serie estaba sentenciada.

Los insultos no se demoraron en llegar, tanto para jugadores propios como para ajenos. Yo simplemente impávido miraba como la parcialidad local vociferaba “costeños malparidos” (como mínimo). Se acabó la primera mitad, y el sentimiento general en la tribuna era de derrota. Las caras largas de los hinchas de Millonarios, la rabia de los comentaristas, las rechiflas, el gol de Aguirre. Estaba disfrutando cada segundo de esa sensación, a pesar de no poder expresarla.

Con el segundo tiempo, inexplicablemente todo el planteamiento táctico impecable que había hecho Junior se fué al piso. Manga hizo fiesta con la marca de Iván Vélez, que nunca supo dónde estaba parado. Y llegó el empate de Millonarios, el cual tuve que celebrar con un tímido puño al aire, a riesgo de que me descubrieran. Inmediatamente vino el segundo. Y ese no lo celebré. Inmediatamente vino el tercero, y el estadio se quería caer abajo. Temblaba la tribuna. Todos, absolutamente todos menos yo, estaban de pie, moviendo los puños y cantando. Con el tercer gol ya no me importaba si era descubierto. Quedé sentado, esta vez no simulando, sino sintiendo congoja real. Todos gritaban frente a mí. Todos celebraban frente a mí. Los quince minutos fatídicos culminaron con un penal inexistente, que se convirtió en el 4-1 lapidario para las aspiraciones del Junior. Me quería morir. En una ráfaga anímica, millonarios había dado vuelta un 0-3 en el global, mérito de la tribuna en mi opinión. Estaba que lloraba, pero sabía que como cediera a mis impulsos, sería descubierto. Alexis Mendoza corrigió la alineación demasiado tarde. Faltaban 15 minutos para acabar el partido, y veía como los hinchas de Millonarios estaban ya pensando en las semifinales contra Nacional.

La parcialidad visitante fue evacuada faltando 5 minutos para que se acabara el partido. Mientras el altoparlante anunció su retirada, todo el estadio les dirigió la mirada, despidiéndose socarronamente. “Chao”, “No vuelvan más”, “Costeños hijueputas”, “Mamaburras”, “Son una plaga” decían mientras los despedían. Sentí una impotencia que pocas veces había sentido en mi vida. No sabía en que hueco enterrar mi cabeza. Quería que se acabara el partido ya e irme corriendo a mi casa. Pero como alguna vez dijo Edgar Perea, al Junior hay que matarlo.

Empujó el equipo en el último suspiro, y un pase filtrado a Vladimir Hernández me devolvió el alma al cuerpo. Silencio atroz en el Campín. Y tuve la suficiente frialdad para no celebrarlo. Sabía que en los penales salíamos triunfadores, porque Viera es un ídolo, por cómo se dio el partido, por la historia. Todo estaba a nuestro favor. Llegó el momento de la tanda, y yo estaba temblando del miedo, manos en la boca, le pedí a Dios por una alegría.

Los jugadores del Junior se veían relajados al momento de caminar a la 9 con 50. Los de millonarios les pesó la presión. La hinchada apretaba tanto, que terminó por ponerles una presión que Viera supo leer magistralmente en sus dos atajadas. Narváez en el anteúltimo penal luego de convertir hizo un baile pélvico risible, el cual desató la ira de todos los hinchas en el estadio. “Arbitro, ¿qué le pasa al negro ese? ¡que respete!” exclamó una muchacha dos filas atrás. Toloza puso el punto final a una noche en la que descendí al infierno y volví a subir al cielo. Una montaña rusa emocional a la cual nos tiene acostumbrados este equipo, porque como dice el dicho, si no se sufre no es Junior. Las caras de velorio de mis compañeros de tribuna no me inspiraron nada de pesar, sino engrandeció mi felicidad. Por mí se pueden meter sus gritos por donde les quepan. Estaba rebosante de felicidad. Pero todavía no podía demostrarla.

“Junior va a tener que ir a la B para que podamos ganar algo, siempre es lo mismo con estos costeños” decía un hincha de Millonarios, mientras tanto tomé una foto a la celebración del Junior, y me fui caminando rápido, antes de levantar sospechas. Estaba temblando, mezcla de nervios y felicidad. Salí rápido del estadio, y caminé como nunca había caminado, hacia los cerros orientales donde se ponía el sol. Cuando me encontré solo, varias cuadras, prendí un cigarrillo y después empecé a reír. Era un desahogo que tenía adentro mío, que brotó como una catarata. Una risa de emoción, una risa con lágrimas. Los cerros fueron testigos de tamaña hazaña. Salí vivo de entre más de 30.000 hinchas rivales. “La ciudad es mía” pensé.

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No me arrepiento de nada, y lo volvería a hacer mil veces. Esta es una historia que merece ser contada. Y esta es una alegría que de nuevo mi equipo me da. El que representa mis raíces, el equipo de mi papá, el equipo que es ridiculizado y minimizado por la prensa Bogotana siempre… les ha pintado la cara una vez más. Y estuve ahí para contarlo.