Al caño (20/08/2016)

Caño-de-bogotaNubes grises asomaban sobre el cielo Bogotano, mientras las brisas de agosto soplaban fuertes en aquella tarde. Iba yo sobre mi bicicleta, sin casco ni guantes, luchando contra el viento en contra, mientras las trémulas gotas de lluvia se acumulaban sobre mis gafas. El sereno arreciaba, el frío calaba hasta los huesos, sentía mis dedos congelados. Sin embargo no tenía más remedio que seguir andando, esperando que el ritmo cardíaco calentara mi cuerpo. En esa carrera sin sentido iba yo sobre la ciclovía, mientras un ciclista adelante mío iba a mayor velocidad, sin ningún tipo de dificultad. No sé si era por disminuir la resistencia al viento, o por simple competencia, decidí pegarme a su rueda. Y así anduve, a la rueda de aquel misterioso sujeto, al cual no pude detallar con claridad. Simplemente veía su bicicleta roja sin luces, y su chaqueta gris.

Mi gregario no parecía frenar ante nada. Subía colinas, bajaba a toda velocidad, esquivaba peatones y carros por igual. En un momento el trayecto se nos acabó el anden, y bajamos a la carretera, a toda marcha. Las gotas de sereno empañaron totalmente mis gafas, pero en aquel momento ya no me importaba el frío, no me importaba el cansancio. La adrenalina de la persecución había llenado de sangre todo mi cuerpo, y simplemente deseaba con todas mis fuerzas tener un espacio amplio para poder rebasarlo. Solamente si me diera un resquicio, una sola oportunidad, iría a fondo y me lo comería vivo. Ganaría. Vi que saltó hacia un andén, y luego saltó hacia un caño. Lo seguí… dí el salto hacia el vacío sin pensarlo dos veces. Sentí el vértigo de la caída, sentí las brisas de agosto rompiendo mi equilibrio. Sentí mi cabeza caer contra el pavimento del caño. Vi mi cuerpo desde arriba, desparramado como un saco de huesos, mientras un hilo de sangre que brotaba de mi cráneo fracturado se entremezclaba con la corriente del agua del caño. Vi las gotas de lluvia caer sobre mi cara, mientras mis ojos sin vida miraban hacia el cielo, con las gafas destrozadas a un costado.

Ya no era frío lo que sentía, sentí el dolor de haber muerto de verdad. Imaginé a mi familia llorando, a la policía encontrando mi cadáver, mi mamá haciendo los arreglos para el funeral. Y ahí fue cuando desperté.

Eran las 4 de la mañana. Llovía afuera de mi ventana. No pude volver a dormir.

Post-Scriptum: Aún le busco un significado a este sueño. Creo que una parte de mi subconsciente se asustó al ver los indigentes llevados por el arroyo, y por la indiferencia de su gente. El sueño sería entonces una advertencia de la hostilidad de la ciudad. Pero me parece una obviedad. Por otro lado, me aterra creer que el sueño es una invitación para que desacelere, para que frene mi carrera. No quiero frenar.

Tal vez no tenga significado… tal vez solo es una representación subconsciente del miedo primitivo a morir.

Sobre Cordales, Atardeceres, Emulsiones y el Fin de nuestros días. (14/10/2015)

Este sueño no tiene pies ni cabeza, no tiene conclusión, son solo retazos de recuerdos, que los tengo tan vividos, como si los hubiese protagonizado en carne propia. Dos cuartillas de subconcious madness.

Mi cordal inferior derecha me estaba matando, y había acudido al odontólogo para que me la quitara. Era un dolor punzante dentro de mi boca, y lo podía sentir vivo, haciéndome la vida imposible. Llegué a la oficina, donde una recepcionista me pidió que esperara en la sala. Las paredes eran de madera, en las cuales colgaban los títulos del odontólogo. Había unos tres buzones rojos, con sus respectivos lapiceros, sin embargo, estos no eran para quejas y sugerencias, decían “inscripción estudiantes de último minuto”, lo cual me hizo suponer que el consultorio manejaba una agencia de odontología algo mediocre.

Tenía la manía de pasar la lengua sobre la cordal, para chequear su estado. En el transcurso de esta manía, descubrí que estaba floja, como si de un diente de leche se tratase. No me importó mucho el dolor, y seguí pasando la lengua. Se trataba de meter por el resquicio entre la muela y la encía, y a medida que iba pasando el tiempo la brecha se ensanchaba más y más. Eventualmente me saqué la cordal, era un diente de leche grande, bañado en sangre. Me la había sacado antes de llegar a donde el odontólogo, ¿Y ahora qué hago? Me pregunté. Sería esta una cita de rutina, en la que me chequeará y punto. Por lo menos eso pensé.  Mi lengua no demoró en sacarme del error. Vi con terror que junto con mi cordal, se me habían ido todos los dientes frontales del maxilar inferior. Rescaté la pieza dentro de mi boca. Si, sorprendentemente eran toda una sola pieza, y tenían los colmillos afilados, como si perteneciera a un perro.  Cordal y maxilar frontal inferior en mano, cubierto de sangre, llegó mi turno donde el odontólogo.

Su oficina era como una cabaña de madera en el medio de un paisaje montañoso. No recuerdo el trayecto del lobby al consultorio, pero afuera por la ventana se podía ver un abismo impresionante, y podía verse la puesta del sol. Los últimos rayos bañaban el cañón montañoso sobre el que estábamos, el cual presumiblemente mi mente haya tomado la imagen del Chicamocha. Afuera en el patio frontal estaba una selección de algún deporte de mi universidad, presumiblemente fútbol. El equipo no estaba jugando, estaban todos reunidos con sus uniformes, como si estuvieran en la concentración. Dentro del equipo reconocí a una pareja de novios conocida. Todo el equipo se entró a la cabaña, y se sentaron en otras sillas diferentes en la esquina diametralmente opuesta a donde yo estaba. Yo estaba sentado frente al escritorio, esperando la llegada del odontólogo. Frente a mi había un espejo, y horrorizado atestiguaba la perdida de mis dientes inferiores.

Llegó el odontólogo, el cual tenía un aspecto muy poco profesional. Estaba en sus 40’s, tenía una bata abierta, y por debajo una camiseta negra. Tenía una barba de 3 días sin afeitar, el pelo enmarañado con entradas, y una mirada penetrante, intimidadora. Creo que tenía presente en el sueño que venía recomendado por mi padre, y que por lo tanto no iba a pagar por el servicio, ¿para eso son los compadres no? Antes de que le explicara el problema, la muchacha entró a la charla, y se sentó al lado mío en frente del odontólogo, ocupando el lugar del acompañante. Le conté mi problema y le pregunté si tenía solución. “Si, claramente te podemos volver a pegar los dientes, no pasa nada con eso. Lo que yo no entiendo, es porque tienes gafas mono focales cuando claramente tienes un problema para ver de cerca”. “No entiendo doctor, mi vista de cerca es muy buena”, repliqué. “No, evidentemente tienes un problema para ver de cerca, mira que cuando me estabas explicando te miraste las manos primero, como si tuvieras problemas para enfocar. Te voy a arreglar los dientes, pero tienes que cambiar la receta de tus gafas”. Le creí, a pesar de lo que dijo no tenía sentido en lo absoluto. La conocida asentía silenciosa. “Recuéstate, vamos a empezar el procedimiento”. Era una cama, común y corriente. “¿Cómo así?, ¿No vamos a tener camilla, instrumentos, nada?” pregunté, a lo que él me respondió “Off course, These are not bussiness hours”. Lo último que recuerdo es verme dormido, mientras el cogía la pieza del maxilar inferior de perro, la lavó, le puso un pegante… y no recuerdo más.

En el sueño, vi un desierto de arenas blancas, pero no era cálido, era más bien como si se hubiese secado un lago. Habían muchas rocas ígneas de muchos colores, negras, grises, azules, naranjadas, pero predominante negras, perfectamente redondeadas y lisas. Sobre las piedras había un rezumadero, de este emanaba una emulsión grisácea de aspecto repulsivo, era como una baba metálica, espumosa. La superficie de contacto de las burbujas formaba espectros de luz de miles de colores, lo cual me hizo suponer que se trataba de alguna suerte de jabón, o líquido hidrocarburo. Al lado de ese lago surreal, se encontraba mi odontólogo de cabecera negociando el precio de un balde metálico de emulsión con un lugareño. No sé cómo vi eso, si yo no estaba ahí.

Me desperté y estaba en una playa, la conocida y el Odontólogo habían formado un círculo en la arena, y dentro del círculo habían armado un lecho de rocas ígneas negras, con la forma de una silueta humana, como si se tratase de un hombre de Vitrubio. Yo no tenía mis gafas puestas. De hecho no recuerdo mi ropa, pero no estaba desnudo, aunque así me sintiera. Acto seguido tomaron el balde que el odontólogo había negociado anteriormente, y vaciaron el contenido sobre el círculo. La emulsión entraba en contacto con las piedras y efervecía, emanaba un olor a sales. Lo veía y se sentía refrescante. “Acuéstate en el círculo, esta es la relajación total” me dijo el odontólogo. No lo dudé, y me recosté sobre las piedras. Sentí como si mi cuerpo escapara, como si todo el dolor, todos los sentidos escaparan junto con las burbujas. Solamente sentía las cosquillas de las burbujas eferveciendo sobre mi piel, y el olor a sales realmente se sentía purificante. Giré mi cabeza hacia el horizonte y había un atardecer hermoso. El mar chocaba con los rompeolas, y el arrullo de su vaivén ambientaba el cuadro. Era uno de esos atardeceres en los que se pueden ver sol  y luna al mismo tiempo. “¿Cuándo se va a acabar todo esto? ¿Cuándo acaba el mundo?” preguntó retóricamente el odontólogo. La pregunta quedó sin respuesta.

Acto seguido, algo perturbó mi concentración. Un balón de vóley vino intrépido hasta donde mí, dirigido directamente hacia mi cara. Mis reflejos pusieron la mano y lo apartaron en dirección completamente perpendicular a la trayectoria original, en colina abajo. Sí, me acabo de percatar que estamos en el medio de una colina. Colina arriba, estaban las personas jugando, reconozco a un tipo con el que nunca he hablado, y me dice “¿Que mierda te pasa?, ¿Porque alejaste el balón?”. “No es su responsabilidad estar devolviendo balones, fuck off” respondió el odontólogo por mí. Yo quería hablar, pero sentía que no podía articular palabra, las sales me habían dejado mudo. Empezaron a llegar más balones, más de vóley, fútbol, básquet. Me importó un carajo. Yo seguía mirando al horizonte, envuelto en emulsión.

Lo siguiente que recuerdo es estar sentado en un escritorio con mi jefe religioso y mi compañero de trabajo. Yo estaba empacando galletas en un bolso, botando cartones y bolsas de basura viejas. Me estaba preparando para algún tipo de viaje largo. “Cuando llegue el día del juicio, es nuestro deber estar sentados y ser juzgados. Si nos ponemos a correr sería peor, porque estaríamos negando la justicia de Dios. Dios no quiere que huyas. Dios quiere que aceptes tu lugar.” Me dijo mi jefe. Y ahí desperté.

Este sueño no tiene pies ni cabeza, no tiene conclusión, son solo retazos de recuerdos, que los tengo tan vividos, como si los hubiese protagonizado en carne propia. Dos cuartillas de subconcious madness.  Creo que estaba empacando esas galletas porque se acababa el mundo, y quería vivir. Quien sabe, no recuerdo como me sentía en ese punto. Solo recuerdo lo que vi. Ojalá supiera interpretar sueños. Creo que estoy recibiendo algún tipo de señal, y no tengo idea que es. Definitivamente no sabemos nada.