El vuelo de la cometa (16/08/2016)

Estuve en el festival de cometas de Villa de Leyva el fin de semana pasado. Trataré de no caer en los lugares comunes que caen los turistas cuando describen el vuelo de una cometa, por varias razones. La principal razón, es que simplemente, los turistas son idiotas. La segunda razón es que los lugares comunes en una narración son perezosos y denotan falta de imaginación. En ese orden de ideas, si un individuo me llegara a decir algo como “el vuelo majestuoso del cometa, que atravesó imponente el firmamento…” es un deal-breaker inmediato. Lo mismo aplica si me dice cosas como “me encanta ir a rodadero en semana santa”, “las cosas pasan por algo”, “encontrarás a alguien”. Todos son lugares comunes. Uno más aborrecible que el otro.

Odio las multitudes, y la plaza central de Villa de Leyva, tan linda cuando está vacía, esta vez estaba imposible de transitar. Todo el mundo se confabuló para llegar al pueblo al mismo tiempo, para atascar las vías de entrada al pueblo, para duplicar los precios de los hostales, para atiborrar las mesas de los restaurantes, para tirar sus latas de cerveza y empaques de papas en las calles empedradas. Una reverenda mierda. Todo tenía un ambiente como si fuera de producciones Jorge Barón. Un inflable grande de una marca de papas se asomaba en la plaza. Había una tarima con un presentador, cuya voz retumbaba sobre toda la plaza, irritando mi descanso, logrando casi que me arrepintiera de haber emprendido ese viaje. De ñapa, había una cometa con un mensaje oportunista de “Boyacá le apuesta a la paz”.

Y ahí estaba yo, en medio de toda la muchedumbre, amargado para variar. Cuando de repente, empezó el show. Si alguien quisiera describirlo como “el vuelo majestuoso del cometa, que atravesó imponente el firmamento…”, esta vez no me enojaría, porque no sería una exageración. Salieron todos los artilugios del papel, elevados en el hermoso cielo de testigo. Eran las cinco de la tarde, se asomaba una luna menguante, unas cuantas nubes, y las montañas que rodean el pueblo, las cuales fueron testigos de cientos de cometas de colores, de todos los tamaños y formas, los cuales se suspendían hipnotizantes sobre la atmósfera.

Entre todas las cometas, emprendió su vuelo tardío una especie de mantarraya gigante, la cual capturó inmediatamente mi atención. Este animal gigante volaba y volaba, surreal sobre la muchedumbre, mientras embelesado apreciaba sus movimientos, casi atónito. Parecía natural, parecía realmente un ser viviente. Olvidé lo caro del hotel, los trancones a la entrada, el lleno total en los restaurantes, el inflable oportunista, la voz despreciable del animador. Olvidé todo, y me dieron ganas de volar a los lomos de la mantarraya.

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Me desconocí. Me dieron ganas de volar, me dieron ganas de emprender el viaje, de mandar todo a la mierda. “¿Y que tal si nos vamos al Tayrona en bicicleta? nunca hemos ido al Tayrona”. “Que se joda el Tayrona, vamos mejor a Ecuador”. “Que se joda Ecuador, recorramos toda Sudamérica en bicicleta, renuncia a tu trabajo y nos vamos, en un año estamos en Buenos Aires“. Mi mente daba vueltas y vueltas, me dejaba soñar, me dejaba imaginar locuras infinitas, universos paralelos en los que mis sueños se cumplían, en los que era una versión mucho más grande de lo que soy ahora.

La mantarraya aterrizó. El sol se puso, y todo volvió a la normalidad.

En la noche la plaza se llenó de “parches” tomando aguardiente, gringos buscando diversión y grillas buscando gringos. 2 días en la plaza, varios cientos de miles de pesos gastados… 10 minutos de surrealismo. 10 minutos para soñar.

Post-Scriptum: De vuelta en Bogotá, se me ocurrió googlear si era realmente posible viajar por toda sudamérica en bicicleta. Un sujeto lo hizo, gastó 6 meses y 8 millones de pesos, y la conclusión de su viaje, fue que necesitaba sentar cabeza y establecer una familia….

Mejor archivemos ese plan en la A-Z de los sueños. La voy a archivar al lado de aprender esperanto, participar en quien quiere ser millonario, ser el presidente del Junior y pasar una noche con Scarlett Johansson (?).

 

 

 

 

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Mucho orégano (10/08/2016)

El día 10 de cada mes es sin dudas una fecha difícil. Hoy hice Pastas a la bolognesa, como suelo hacerlas, con bastante orégano. Yo sé que no te gustaba, siempre me lo criticaste. Decías que yo se lo echaba a todo. Al principio te gustaba mi cocina, luego todo se fue degenerando, lentamente.

Al principio era algo inalcanzable, luego me volví alguien normal. Siempre parecía que me faltaran 5 para el peso, siempre parecía que todo lo que hiciera no era suficientemente impresionante. Querías estar con un becado de Stanford, con un astronauta de la NASA, con un premio nobel, o con un medallista olímpico. Y yo no soy nada de eso. Nunca lo fui, solo fui un simple mortal.

Tantas cosas malas que teníamos, tantas mañas, tantas peleas. Haber terminado fue sensato, racional, fue una buena decisión. Pero hoy es 10, y te extraño. Extraño que me critiques las pastas, extraño que me critiques todo lo que digo, que me digas que soy violento, que vivo con rabia, que soy muy mamerto, que a todo le veo lo malo. Extraño que me digas como atarme los cordones, como ponerme los pantalones, como planchar las camisas. Que hago mucho ruido al cerrar la puerta. Que odias como mastico. Que maneje mejor mi plata. Que no le grite al televisor cuando el Junior va perdiendo, porque me hace ver como un idiota.

Y soy un idiota por extrañarte…

Ojalá te vayas becada a muchas millas de acá. O mejor aún, ojalá subas una foto con el nuevo objetivo de tus críticas. Para tener un tercer duelo, y dejarme de romper las pelotas con este dolor, que ya aburre.

Ojalá nunca leas esto, seguramente lo odiarías.

 

Sobre Cordales, Atardeceres, Emulsiones y el Fin de nuestros días. (14/10/2015)

Este sueño no tiene pies ni cabeza, no tiene conclusión, son solo retazos de recuerdos, que los tengo tan vividos, como si los hubiese protagonizado en carne propia. Dos cuartillas de subconcious madness.

Mi cordal inferior derecha me estaba matando, y había acudido al odontólogo para que me la quitara. Era un dolor punzante dentro de mi boca, y lo podía sentir vivo, haciéndome la vida imposible. Llegué a la oficina, donde una recepcionista me pidió que esperara en la sala. Las paredes eran de madera, en las cuales colgaban los títulos del odontólogo. Había unos tres buzones rojos, con sus respectivos lapiceros, sin embargo, estos no eran para quejas y sugerencias, decían “inscripción estudiantes de último minuto”, lo cual me hizo suponer que el consultorio manejaba una agencia de odontología algo mediocre.

Tenía la manía de pasar la lengua sobre la cordal, para chequear su estado. En el transcurso de esta manía, descubrí que estaba floja, como si de un diente de leche se tratase. No me importó mucho el dolor, y seguí pasando la lengua. Se trataba de meter por el resquicio entre la muela y la encía, y a medida que iba pasando el tiempo la brecha se ensanchaba más y más. Eventualmente me saqué la cordal, era un diente de leche grande, bañado en sangre. Me la había sacado antes de llegar a donde el odontólogo, ¿Y ahora qué hago? Me pregunté. Sería esta una cita de rutina, en la que me chequeará y punto. Por lo menos eso pensé.  Mi lengua no demoró en sacarme del error. Vi con terror que junto con mi cordal, se me habían ido todos los dientes frontales del maxilar inferior. Rescaté la pieza dentro de mi boca. Si, sorprendentemente eran toda una sola pieza, y tenían los colmillos afilados, como si perteneciera a un perro.  Cordal y maxilar frontal inferior en mano, cubierto de sangre, llegó mi turno donde el odontólogo.

Su oficina era como una cabaña de madera en el medio de un paisaje montañoso. No recuerdo el trayecto del lobby al consultorio, pero afuera por la ventana se podía ver un abismo impresionante, y podía verse la puesta del sol. Los últimos rayos bañaban el cañón montañoso sobre el que estábamos, el cual presumiblemente mi mente haya tomado la imagen del Chicamocha. Afuera en el patio frontal estaba una selección de algún deporte de mi universidad, presumiblemente fútbol. El equipo no estaba jugando, estaban todos reunidos con sus uniformes, como si estuvieran en la concentración. Dentro del equipo reconocí a una pareja de novios conocida. Todo el equipo se entró a la cabaña, y se sentaron en otras sillas diferentes en la esquina diametralmente opuesta a donde yo estaba. Yo estaba sentado frente al escritorio, esperando la llegada del odontólogo. Frente a mi había un espejo, y horrorizado atestiguaba la perdida de mis dientes inferiores.

Llegó el odontólogo, el cual tenía un aspecto muy poco profesional. Estaba en sus 40’s, tenía una bata abierta, y por debajo una camiseta negra. Tenía una barba de 3 días sin afeitar, el pelo enmarañado con entradas, y una mirada penetrante, intimidadora. Creo que tenía presente en el sueño que venía recomendado por mi padre, y que por lo tanto no iba a pagar por el servicio, ¿para eso son los compadres no? Antes de que le explicara el problema, la muchacha entró a la charla, y se sentó al lado mío en frente del odontólogo, ocupando el lugar del acompañante. Le conté mi problema y le pregunté si tenía solución. “Si, claramente te podemos volver a pegar los dientes, no pasa nada con eso. Lo que yo no entiendo, es porque tienes gafas mono focales cuando claramente tienes un problema para ver de cerca”. “No entiendo doctor, mi vista de cerca es muy buena”, repliqué. “No, evidentemente tienes un problema para ver de cerca, mira que cuando me estabas explicando te miraste las manos primero, como si tuvieras problemas para enfocar. Te voy a arreglar los dientes, pero tienes que cambiar la receta de tus gafas”. Le creí, a pesar de lo que dijo no tenía sentido en lo absoluto. La conocida asentía silenciosa. “Recuéstate, vamos a empezar el procedimiento”. Era una cama, común y corriente. “¿Cómo así?, ¿No vamos a tener camilla, instrumentos, nada?” pregunté, a lo que él me respondió “Off course, These are not bussiness hours”. Lo último que recuerdo es verme dormido, mientras el cogía la pieza del maxilar inferior de perro, la lavó, le puso un pegante… y no recuerdo más.

En el sueño, vi un desierto de arenas blancas, pero no era cálido, era más bien como si se hubiese secado un lago. Habían muchas rocas ígneas de muchos colores, negras, grises, azules, naranjadas, pero predominante negras, perfectamente redondeadas y lisas. Sobre las piedras había un rezumadero, de este emanaba una emulsión grisácea de aspecto repulsivo, era como una baba metálica, espumosa. La superficie de contacto de las burbujas formaba espectros de luz de miles de colores, lo cual me hizo suponer que se trataba de alguna suerte de jabón, o líquido hidrocarburo. Al lado de ese lago surreal, se encontraba mi odontólogo de cabecera negociando el precio de un balde metálico de emulsión con un lugareño. No sé cómo vi eso, si yo no estaba ahí.

Me desperté y estaba en una playa, la conocida y el Odontólogo habían formado un círculo en la arena, y dentro del círculo habían armado un lecho de rocas ígneas negras, con la forma de una silueta humana, como si se tratase de un hombre de Vitrubio. Yo no tenía mis gafas puestas. De hecho no recuerdo mi ropa, pero no estaba desnudo, aunque así me sintiera. Acto seguido tomaron el balde que el odontólogo había negociado anteriormente, y vaciaron el contenido sobre el círculo. La emulsión entraba en contacto con las piedras y efervecía, emanaba un olor a sales. Lo veía y se sentía refrescante. “Acuéstate en el círculo, esta es la relajación total” me dijo el odontólogo. No lo dudé, y me recosté sobre las piedras. Sentí como si mi cuerpo escapara, como si todo el dolor, todos los sentidos escaparan junto con las burbujas. Solamente sentía las cosquillas de las burbujas eferveciendo sobre mi piel, y el olor a sales realmente se sentía purificante. Giré mi cabeza hacia el horizonte y había un atardecer hermoso. El mar chocaba con los rompeolas, y el arrullo de su vaivén ambientaba el cuadro. Era uno de esos atardeceres en los que se pueden ver sol  y luna al mismo tiempo. “¿Cuándo se va a acabar todo esto? ¿Cuándo acaba el mundo?” preguntó retóricamente el odontólogo. La pregunta quedó sin respuesta.

Acto seguido, algo perturbó mi concentración. Un balón de vóley vino intrépido hasta donde mí, dirigido directamente hacia mi cara. Mis reflejos pusieron la mano y lo apartaron en dirección completamente perpendicular a la trayectoria original, en colina abajo. Sí, me acabo de percatar que estamos en el medio de una colina. Colina arriba, estaban las personas jugando, reconozco a un tipo con el que nunca he hablado, y me dice “¿Que mierda te pasa?, ¿Porque alejaste el balón?”. “No es su responsabilidad estar devolviendo balones, fuck off” respondió el odontólogo por mí. Yo quería hablar, pero sentía que no podía articular palabra, las sales me habían dejado mudo. Empezaron a llegar más balones, más de vóley, fútbol, básquet. Me importó un carajo. Yo seguía mirando al horizonte, envuelto en emulsión.

Lo siguiente que recuerdo es estar sentado en un escritorio con mi jefe religioso y mi compañero de trabajo. Yo estaba empacando galletas en un bolso, botando cartones y bolsas de basura viejas. Me estaba preparando para algún tipo de viaje largo. “Cuando llegue el día del juicio, es nuestro deber estar sentados y ser juzgados. Si nos ponemos a correr sería peor, porque estaríamos negando la justicia de Dios. Dios no quiere que huyas. Dios quiere que aceptes tu lugar.” Me dijo mi jefe. Y ahí desperté.

Este sueño no tiene pies ni cabeza, no tiene conclusión, son solo retazos de recuerdos, que los tengo tan vividos, como si los hubiese protagonizado en carne propia. Dos cuartillas de subconcious madness.  Creo que estaba empacando esas galletas porque se acababa el mundo, y quería vivir. Quien sabe, no recuerdo como me sentía en ese punto. Solo recuerdo lo que vi. Ojalá supiera interpretar sueños. Creo que estoy recibiendo algún tipo de señal, y no tengo idea que es. Definitivamente no sabemos nada.

Si no se sufre no es Junior (06/06/2016)

No me arrepiento de nada, y lo volvería a hacer mil veces. Esta es una historia que merece ser contada. Y esta es una alegría que de nuevo mi equipo me da. El que representa mis raíces, el equipo de mi papá, el equipo que es ridiculizado y minimizado por la prensa Bogotana siempre… les ha pintado la cara una vez más. Y estuve ahí para contarlo.

No hay palabras que permitan definir la alegría tan inmensa que sentí el día de hoy. Trataré de hacer todo lo posible para plasmar este sentimiento, para lograr recoger las crónicas de una historia que voy a atesorar conmigo para siempre, como hincha y como ser humano. Había decidido entrar al Campín a apoyar a mi Junior en la vuelta de los cuartos de final del torneo local. La ida había quedado 2-0 en Barranquilla, lo cual me motivó a adquirir mi boleta. Para mi sorpresa, no pude conseguir en la tribuna habilitada para la parcialidad visitante, así que me vi en la obligación de infiltrarme entre los hinchas de Millonarios, una de las hinchadas más peligrosas del país. Practiqué durante varios días, me mentalicé a que bajo ninguna circunstancia podía permitir ser descubierto, así que no iba a hablar con nadie, no iba a festejar nada. Frente al espejo gesticulaba mi mejor acento rolo, el cual creo haber ejecutado de manera natural.

Llegó el día, y entré en el papel desde la adquisición de la boleta en la tienda azul de Floresta. Haciendo la fila un hincha me mandó al fondo de manera grosera, lo cual me hizo adquirir más antipatía de la que ya tenía frente al equipo. Pero no me importó, seguí inmutable en mi papel. Llegué al estadio con una hora de anticipación, hice mi fila para entrar a la tribuna oriental, pasé por el control policial y busqué mi asiento. El estadio estaba a reventar, hasta tal punto que había gente sentada en las escaleras. Por televisión no se alcanza a dimensionar el poder humano que tiene la tribuna, era estremecedor la manera en como todos los presentes en el estadio cantaban al unísono. Naturalmente, yo no me sabía ninguna de sus canciones, pero acompañaba con las palmas a riesgo de ser descubierto.

Sonaron los himnos, y en el himno de Bogotá el estadio se quería caer. Los presentes hacían un gesto con la mano uniendo los dedos pulgar e índice, a manera de anillo, y extendían el brazo como si fuera un saludo fascista. Aparte de esta peculiaridad, empieza el partido. Tenía sintonizada RCN radio con un audífono, mientras con el otro escuchaba a los hinchas a mi alrededor, comentando el partido. Todo era extremadamente parcial. La radio era extremadamente parcial. Paché Andrade contaba todos los segundos que demoraba Viera en cada saque de arco (“17, 23, 33 ¡impresionante! ¿hasta cuándo árbitro?”). Las rechiflas bajaban todas contra viera, mientras yo por dentro hacía fuerza porque demorara todo el tiempo del mundo. Junior jugó un partido muy inteligente en la primera mitad, jugó con la desesperación de los locales, y logró contragolpear magistralmente con Aguirre en punta de lanza, y golpear el 0-1 esperado. Todo el estadio se enmudeció y yo tenía un impulso interior de pararme y celebrar. Pero no lo hice. Simplemente me puse las manos en la boca simulando congoja, pero por dentro le daba gracias a Dios. Sentía que la serie estaba sentenciada.

Los insultos no se demoraron en llegar, tanto para jugadores propios como para ajenos. Yo simplemente impávido miraba como la parcialidad local vociferaba “costeños malparidos” (como mínimo). Se acabó la primera mitad, y el sentimiento general en la tribuna era de derrota. Las caras largas de los hinchas de Millonarios, la rabia de los comentaristas, las rechiflas, el gol de Aguirre. Estaba disfrutando cada segundo de esa sensación, a pesar de no poder expresarla.

Con el segundo tiempo, inexplicablemente todo el planteamiento táctico impecable que había hecho Junior se fué al piso. Manga hizo fiesta con la marca de Iván Vélez, que nunca supo dónde estaba parado. Y llegó el empate de Millonarios, el cual tuve que celebrar con un tímido puño al aire, a riesgo de que me descubrieran. Inmediatamente vino el segundo. Y ese no lo celebré. Inmediatamente vino el tercero, y el estadio se quería caer abajo. Temblaba la tribuna. Todos, absolutamente todos menos yo, estaban de pie, moviendo los puños y cantando. Con el tercer gol ya no me importaba si era descubierto. Quedé sentado, esta vez no simulando, sino sintiendo congoja real. Todos gritaban frente a mí. Todos celebraban frente a mí. Los quince minutos fatídicos culminaron con un penal inexistente, que se convirtió en el 4-1 lapidario para las aspiraciones del Junior. Me quería morir. En una ráfaga anímica, millonarios había dado vuelta un 0-3 en el global, mérito de la tribuna en mi opinión. Estaba que lloraba, pero sabía que como cediera a mis impulsos, sería descubierto. Alexis Mendoza corrigió la alineación demasiado tarde. Faltaban 15 minutos para acabar el partido, y veía como los hinchas de Millonarios estaban ya pensando en las semifinales contra Nacional.

La parcialidad visitante fue evacuada faltando 5 minutos para que se acabara el partido. Mientras el altoparlante anunció su retirada, todo el estadio les dirigió la mirada, despidiéndose socarronamente. “Chao”, “No vuelvan más”, “Costeños hijueputas”, “Mamaburras”, “Son una plaga” decían mientras los despedían. Sentí una impotencia que pocas veces había sentido en mi vida. No sabía en que hueco enterrar mi cabeza. Quería que se acabara el partido ya e irme corriendo a mi casa. Pero como alguna vez dijo Edgar Perea, al Junior hay que matarlo.

Empujó el equipo en el último suspiro, y un pase filtrado a Vladimir Hernández me devolvió el alma al cuerpo. Silencio atroz en el Campín. Y tuve la suficiente frialdad para no celebrarlo. Sabía que en los penales salíamos triunfadores, porque Viera es un ídolo, por cómo se dio el partido, por la historia. Todo estaba a nuestro favor. Llegó el momento de la tanda, y yo estaba temblando del miedo, manos en la boca, le pedí a Dios por una alegría.

Los jugadores del Junior se veían relajados al momento de caminar a la 9 con 50. Los de millonarios les pesó la presión. La hinchada apretaba tanto, que terminó por ponerles una presión que Viera supo leer magistralmente en sus dos atajadas. Narváez en el anteúltimo penal luego de convertir hizo un baile pélvico risible, el cual desató la ira de todos los hinchas en el estadio. “Arbitro, ¿qué le pasa al negro ese? ¡que respete!” exclamó una muchacha dos filas atrás. Toloza puso el punto final a una noche en la que descendí al infierno y volví a subir al cielo. Una montaña rusa emocional a la cual nos tiene acostumbrados este equipo, porque como dice el dicho, si no se sufre no es Junior. Las caras de velorio de mis compañeros de tribuna no me inspiraron nada de pesar, sino engrandeció mi felicidad. Por mí se pueden meter sus gritos por donde les quepan. Estaba rebosante de felicidad. Pero todavía no podía demostrarla.

“Junior va a tener que ir a la B para que podamos ganar algo, siempre es lo mismo con estos costeños” decía un hincha de Millonarios, mientras tanto tomé una foto a la celebración del Junior, y me fui caminando rápido, antes de levantar sospechas. Estaba temblando, mezcla de nervios y felicidad. Salí rápido del estadio, y caminé como nunca había caminado, hacia los cerros orientales donde se ponía el sol. Cuando me encontré solo, varias cuadras, prendí un cigarrillo y después empecé a reír. Era un desahogo que tenía adentro mío, que brotó como una catarata. Una risa de emoción, una risa con lágrimas. Los cerros fueron testigos de tamaña hazaña. Salí vivo de entre más de 30.000 hinchas rivales. “La ciudad es mía” pensé.

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No me arrepiento de nada, y lo volvería a hacer mil veces. Esta es una historia que merece ser contada. Y esta es una alegría que de nuevo mi equipo me da. El que representa mis raíces, el equipo de mi papá, el equipo que es ridiculizado y minimizado por la prensa Bogotana siempre… les ha pintado la cara una vez más. Y estuve ahí para contarlo.