Incontinencia Verbal I: About Luck and Justice (5/2/2017)

No sé en que momento de mi vida me volví una persona supersticiosa, pero solamente sé que la suerte existe. Creo firmemente que las personas pueden nacer en cuna de oro, o en una mísera invasión solamente por providencia del azar. Que así mismo hay personas que se rompen el culo trabajando todas sus vidas, pero mueren en empleos de mierda, llenos de embargos y divorcios amargos, acostados sobre su propio excremento en su lecho de muerte.

Siento que no te he hecho justicia. Tuvimos momentos dulces y momentos amargos. De los amargos se aprende. Los dulces se aprecian y se conservan con cariño. Solo quería decirte que todavía llevo en mi billetera el amuleto japonés del buen trabajo. El que me diste cuando era un ignoto profesor de pre-icfes, y al cual en parte debo mi desarrollo profesional. Porque no sirven para nada el talento y el trabajo duro sin la suerte que lo acompañe. Mirándolo en retrospectiva, fuiste una maniática controladora amante de las servilletas, pero siempre deseaste lo mejor para mi. Y por eso debo ser justo y dar las gracias. Tengo la seguridad que esté con quien esté, la suerte siempre estará de mi lado. Y por eso puedo mirar hacia adelante con optimismo.

Te deseo lo mejor en tu vida. Que la suerte siempre esté contigo. Que seas feliz.

Que tengas los trillizos que siempre has deseado…

Anuncios

“I feel like I just went to my own funeral. I didn’t like the eulogy.” (29/11/2016)

Le dijo Lane Pryce a Don Draper, pensando en su traslado a la oficina de Mumbay, en medio de la crisis de los misiles cubanos en aquel octubre del 62. Aquel octubre, que nunca viví, y sin embargo lo siento tan propio como si fuera yo mismo el que está sentado en una oficina de la avenida Madison en Manhattan, escuchando en la radio crónicas de embarcaciones soviéticas, radares, misiles nucleares y el fin de nuestros días. Así de fuerte es la influencia de los medios gringos.

La sociedad americana se vio sacudida ante la posibilidad inminente de una muerte horrible, de ser quemados vivos, reventados en mil pedazos por una bomba nuclear o, en el mejor de los casos, morir asfixiado por una nube radioactiva. Era el fin de los tiempos, ya nada importaban los asuntos terrenales, las fusiones entre empresas, los despidos, los matrimonios fallidos… era el fin del mundo occidental. Mad Men logra capturar perfectamente esa sensación de congoja que afronta el individuo cuando se da cuenta de lo fugaz de su existencia: algunos aprovechan para desatar sus más bajos instintos, otros para revelar los secretos que cargaban a cuestas, y otros simplemente se lamentan al ver que no han hecho nada de sus vidas. He ahí el secreto de la frase… siento como si hubiese ido a mi propio funeral (y no me gustó el epitafio). Lamento que ante la inminencia de la muerte no haya hecho más de mi, hubiese querido que me recordaran por algo diferente, desearía haber sido mejor/peor persona, desearía haber cumplido mis sueños (y no haber vivido siempre sometido a un empleador).

Hoy el mundo entero fue sacudido por una tragedia espantosa que involucra la muerte de 71 personas: El accidente de la delegación del Chapecoense. No voy a entrar en detalles, pero definitivamente Chapecoense es un nombre que se nos va a grabar el resto de nuestra vida. Hoy todo el mundo estaba acongojado, mostrando solidaridad… y enfrentándose a la fugacidad de la existencia misma. Se que no son remotamente comparables, sin embargo, hoy en el aire se sintió lo mismo que pudo haber sentido Lane Pryce. Encontrarse cara a cara con el hecho que irremediablemente vas a morir, que hoy estás y mañana no, que la vida va a seguir con o sin ti. Es como ver al diablo fijamente a los ojos, y darte cuenta que por más que lo intentes, siempre vas a perder (parafraseando vagamente a Thom Yorke).

La tragedia nos recuerda que hoy estamos, y mañana no. Por lo menos a mi me pasó hoy. Siento como si hubiese ido a mi propio funeral… y no me hubiese gustado el epitafio. Hubiese deseado ser un mejor hijo, y llamar más seguido a la casa. Hubiese deseado hacer las paces con mi padre. Hubiese deseado viajar más, hubiese querido revelarme a mi jefe, y no dejar que moldee mi voluntad. Ojalá hubiese podido seguir estudiando, porque realmente extraño la academia. De pronto hubiese querido ser un poco más pirobo, hubiese querido no ser tan servicial con la gente, no verme en situaciones comprometidas por hacer favores, no querer complacerlos, mandarlos a la mierda. De pronto así nunca hubiese sufrido en el amor (porque a las mujeres les fascinan los pirobos). Siento que si muriera hoy, no habría alcanzado nada fuera de lo normal.

Mañana salgo en avión a las 8pm. Alea iacta est.

P.S.: No todo está perdido en el fútbol. Dentro de estos esperpentos de la era del marketing desmedido, hoy el mundo del fútbol ha mostrado los actos más puros de solidaridad. Me han dado algo de fe en el deporte, y en la humanidad. Y el presidente de Huracán… que se vaya a donde su reputísima madre.

About Infatuation and Timing (26/10/2016)

Nuestras conversaciones. Tu habilidad hermosa de esgrimir el cigarrillo, haciendo que el humo baile a tu alrededor. Mi habilidad de hablar mierda sin sentido. Nuestra admiración mutua.

Nuestras escapadas al bosque. Nuestras charlas virtuales. Yo tan cálculo, tu tan literatura. Yo tan cuadrado, tu tan redonda. Mis películas, tus películas. Mis canciones, tus canciones. Tu Russian Red, Mi Last Shadow Puppets, Nuestro Radiohead. Tu Sofia Coppola, Mi Woody Allen, Nuestro Wes Anderson. Mis quejas por mi amigo secreto. Nuestros chocolates, nuestros hanuta, nuestros pulparindos.

Nuestra Infatuación. Nuestra tarde. Nuestra lluvia, nuestros truenos. Nuestro bosque. Tu carro, mis audifonos. Nuestra oscuridad. Tus besos. Nuestro Timing. Perfecto.

Tu destreza. Mi torpeza. Nuestro intangible. Tus ganas de verme feliz. Mi defecto de pensar mucho las cosas. Tu carro de nuevo. Nuestra mesa, nuestras estrellas y nuestros cigarillos. Mis manos perdidas en tu geografía. Tu perfección. Mis errores. Mi ego, tu modestia.

Nuestros compromisos…

Mi viaje, tu despedida. El fin.

Mi recuerdo de ti… Un año después, en el mismo bosque. En nuestro mismo lugar. Intacto.

P.S. Feliz cumpleaños. Te recuerdo con mucho cariño. Espero que seas feliz de corazón.

Bad Trip I – Cartas de Color (27/08/2016)

Venía de una experiencia mágica, tal vez irrepetible: Conciertazo de Les Luthiers en el palacio de los deportes, Bogotá. Tal vez única vez en mi vida que pueda alcanzar a ver en vivo la genialidad, la atmósfera increible de semejantes leyendas vivientes. Pero este relato no es sobre eso… ya reseñas de ese recital sobran. Saliendo del evento con los ánimos encendidos, el hermano de mi amigo saca una bolsita con unos moños de hierba, y decidimos ir al apartamento a prenderlo y relajarnos un poco. Nos encerramos en el cuarto, ponemos una toalla en el intersticio de la puerta y procedemos a armar el porro. El hermano disgregaba el material hábil pero parsimonioso, armaba un filtro con cartones recortados, y en cuestión de minutos armó el churro más grande que jamás haya visto.

Empieza a rotar, mientras Calamaro suena de fondo. El humo invade la habitación, y a medida que inhalo siento como se aleja la percepción de la realidad. Inmediatamente mi mano con el porro en la mano pareciera ser lo único presente en la habitación, mientras el fondo se aleja y se ve borroso. Los veo a ellos acostados en mi cama, veo las paredes blancas de mi cuarto… y siento que mi apartamento se ha transformado, que afuera de la puerta ya no estamos en Bogotá. Estamos en Constitución, en un edificio antiguo y derruido. Me siento como si me hubiese transportado en el tiempo, regresado a mi infancia. Y con mi infancia regresa mi asma. Me siento asfixiado, apabullado por la atmósfera blanquecina que ha invadido el cuarto por completo. Me paro con dificultad y abro la ventana, esperando poder inhalar una bocanada de aire fresco que me mantuviera con vida.

Camino con dificultad, las piernas me pesan, las manos están entumecidas. Tengo miedo, mucho miedo. Mi amigo me mira indiferente, asumiendo con naturalidad mi estado. “Salgamos a la sala parce, vamos a poner música en el televisor“, dijo su hermano. Al abrir la puerta, confirmo que no estamos en ningún constitución, es mi mismo apartamento de siempre. Aunque parecía infinitamente grande. Me senté en una silla al lado del sofá, mientras la televisión se prendía. “¿Que quiere escuchar viejo man?” me preguntó mi amigo. Yo trataba de hablar, pero no podía articular sonido alguno. Estaba trabado, estancado, ahorcado… no podía hablar. “Diga que quiere cartas de color, maaan” decía su hermano. “Ponga cartas de color maaaan” insistía su hermano. “Usted lo que quiere es cartas de color maaan, diga que cartas de color“, dijo por tercera vez.

Ponga cartas de color” dije, mirando al horizonte. Y arrancó el video:

Resultado de imagen para cartas de color les luthiers
“Yo nací en el África, por eso mi piel es negra,
Mi nombre el Oblongo, que en dialecto Swahili
quiere decir, mas largo que ancho.”

La grave voz de un ochentero Marcos Mundstock retumbaba en la sala, capturando mi atención por completo. Al ver esa grabación tipo VHS, mi mente empleó este video como puente, transportándome a mi infancia. Volví a ser un niño introvertido, lleno de miedo. Volví a sentir estar en todos los lugares en donde había estado, en todos los colegios y ciudades en los que deambulé en las primeras etapas de mi vida. Sentía vívidos todos los detalles de aquellos apartamentos, mis sábanas, mi cama, el baño, las aulas de clase. Pude ver a todos aquellos que alguna vez pasaron por mi vida. De repente los pensamientos negativos invadieron mi ser, y pasé a afrontar la primera lucha de aquella noche: estima personal. Pensé sobre cual era el objetivo de vivir. ¿Con qué propósito se sigue adelante?, ¿Esto no es acaso todo lo que hay?, ¿Que va a impedir que mi presencia en este mundo sea minúscula, mísera, irrelevante?, ¿Quién te quiere?, ¿Quién te va a extrañar?. Las voces dentro de mi cabeza me invitaron a terminar con esto de una vez, pero yo estaba muy paralizado para actuar, estaba lleno de congoja. Eran irrefutables sus argumentos, realmente no sentía que alguien me quisiera. Me sentí solo como nunca en mi vida. El vídeo continuaba:

carlos-nunez“Querido tío Oblongo:
Después de mucho deambular, estoy por fin aquí, en los Estados Unidos.
Al llegar, mis primeras impresiones… fueron digitales.”

La versión ochentera de Carlos Nuñez hacía su aparición en escena. “¿Si le está gustando, parce?” me preguntó el hermano, aparentemente en un estado transicional similar. “Si, Si” le respondí casi que automáticamente, mientras todavía luchaba en contra de las voces en mi cabeza. Procedí a acostarme en el sofá, para dar paso a la segunda lucha que afrontaría esa noche: sensorial. Sentía mis extremidades dormidas, mi garganta se sentía áspera y agrietada, sedienta. Mi cara quemaba, picaba y se derretía, mientras el resto de mi cuerpo se moría de frío. Titiritaba, palidecía. Me paré con dificultad y busqué una botella de agua, tomé un poco pero no calmó mi sed. Volví a pararme del sofá, y busqué algo dulce para aplacar el dolor de garganta, encontrando en el camino una pasta de chocorramo, parecida a la nutella. Metí una cucharada a la boca, sintiendo una explosión en la boca, completamente extraña. Al parecer fue la cura a mis temblores. Volví a concentrar mi atención en el vídeo:

danielAy te necesito, vuelve a mí por Dios,
Sediento estoy…
Humedéceme, salpícame, rocíame,
riégame, chorréame.

Daniel (QEPD) saltaba a escena, mientras en el otro plano yo volvía a estar en otro lugar. Ya mi amigo y su hermano no existían. Esta vez no era el pasado, esta vez era el futuro. Vi una casa enorme, y vi niños jugando con un labrador. Vi un futuro sin ningún tipo de tribulaciones, un futuro burgués (si se le quisiera llamar así). Vi un futuro con comodidades, con reconocimientos, un esfuerzo a mis luchas. Luego vi versión más adulta de mi ser, tal vez en sus cincuentas, con el pelo plateado y vestido formal. Salía del teatro, con una mujer de rizos negros agarrada de mi brazo. La contemporánea también se veía entrada en años, aunque conservada y elegante. Aún así, pude reconocer que se trataba de una versión adulta de mi ex. Reíamos, nos veíamos completamente felices. Se empinaba para darme un beso en la mejilla, mientras abría el paraguas para salir a la peatonal. Parecía la calle Florida.  Apenas mi visión se completó en lo que fue la tercera lucha de esa noche: sentimental. Las visiones se apagaron, y volví al sofá en donde luché por mantenerme con vida. Sentí luego un frío desgarrador, pero esta vez fue el frío de la soledad. Sentí que mi futuro estaba ahí, que tenía que luchar por el. Tenía que cumplirlo a toda costa. Que si lo dejaba escapar, que si no volvía  a lograr que esa mujer me quisiera, nada tendría sentido. Luego sentí que era imposible, que las cosas nunca volverían a su estado natural. Que es imposible volver en el tiempo. Que no es divertido poder ver lo que nunca va a llegar a ser.

El vídeo terminó. Quedé dormido en el sofá.

El efecto químico se había ido. Pero la lucha interna continúa…

Al caño (20/08/2016)

Caño-de-bogotaNubes grises asomaban sobre el cielo Bogotano, mientras las brisas de agosto soplaban fuertes en aquella tarde. Iba yo sobre mi bicicleta, sin casco ni guantes, luchando contra el viento en contra, mientras las trémulas gotas de lluvia se acumulaban sobre mis gafas. El sereno arreciaba, el frío calaba hasta los huesos, sentía mis dedos congelados. Sin embargo no tenía más remedio que seguir andando, esperando que el ritmo cardíaco calentara mi cuerpo. En esa carrera sin sentido iba yo sobre la ciclovía, mientras un ciclista adelante mío iba a mayor velocidad, sin ningún tipo de dificultad. No sé si era por disminuir la resistencia al viento, o por simple competencia, decidí pegarme a su rueda. Y así anduve, a la rueda de aquel misterioso sujeto, al cual no pude detallar con claridad. Simplemente veía su bicicleta roja sin luces, y su chaqueta gris.

Mi gregario no parecía frenar ante nada. Subía colinas, bajaba a toda velocidad, esquivaba peatones y carros por igual. En un momento el trayecto se nos acabó el anden, y bajamos a la carretera, a toda marcha. Las gotas de sereno empañaron totalmente mis gafas, pero en aquel momento ya no me importaba el frío, no me importaba el cansancio. La adrenalina de la persecución había llenado de sangre todo mi cuerpo, y simplemente deseaba con todas mis fuerzas tener un espacio amplio para poder rebasarlo. Solamente si me diera un resquicio, una sola oportunidad, iría a fondo y me lo comería vivo. Ganaría. Vi que saltó hacia un andén, y luego saltó hacia un caño. Lo seguí… dí el salto hacia el vacío sin pensarlo dos veces. Sentí el vértigo de la caída, sentí las brisas de agosto rompiendo mi equilibrio. Sentí mi cabeza caer contra el pavimento del caño. Vi mi cuerpo desde arriba, desparramado como un saco de huesos, mientras un hilo de sangre que brotaba de mi cráneo fracturado se entremezclaba con la corriente del agua del caño. Vi las gotas de lluvia caer sobre mi cara, mientras mis ojos sin vida miraban hacia el cielo, con las gafas destrozadas a un costado.

Ya no era frío lo que sentía, sentí el dolor de haber muerto de verdad. Imaginé a mi familia llorando, a la policía encontrando mi cadáver, mi mamá haciendo los arreglos para el funeral. Y ahí fue cuando desperté.

Eran las 4 de la mañana. Llovía afuera de mi ventana. No pude volver a dormir.

Post-Scriptum: Aún le busco un significado a este sueño. Creo que una parte de mi subconsciente se asustó al ver los indigentes llevados por el arroyo, y por la indiferencia de su gente. El sueño sería entonces una advertencia de la hostilidad de la ciudad. Pero me parece una obviedad. Por otro lado, me aterra creer que el sueño es una invitación para que desacelere, para que frene mi carrera. No quiero frenar.

Tal vez no tenga significado… tal vez solo es una representación subconsciente del miedo primitivo a morir.

El vuelo de la cometa (16/08/2016)

Estuve en el festival de cometas de Villa de Leyva el fin de semana pasado. Trataré de no caer en los lugares comunes que caen los turistas cuando describen el vuelo de una cometa, por varias razones. La principal razón, es que simplemente, los turistas son idiotas. La segunda razón es que los lugares comunes en una narración son perezosos y denotan falta de imaginación. En ese orden de ideas, si un individuo me llegara a decir algo como “el vuelo majestuoso del cometa, que atravesó imponente el firmamento…” es un deal-breaker inmediato. Lo mismo aplica si me dice cosas como “me encanta ir a rodadero en semana santa”, “las cosas pasan por algo”, “encontrarás a alguien”. Todos son lugares comunes. Uno más aborrecible que el otro.

Odio las multitudes, y la plaza central de Villa de Leyva, tan linda cuando está vacía, esta vez estaba imposible de transitar. Todo el mundo se confabuló para llegar al pueblo al mismo tiempo, para atascar las vías de entrada al pueblo, para duplicar los precios de los hostales, para atiborrar las mesas de los restaurantes, para tirar sus latas de cerveza y empaques de papas en las calles empedradas. Una reverenda mierda. Todo tenía un ambiente como si fuera de producciones Jorge Barón. Un inflable grande de una marca de papas se asomaba en la plaza. Había una tarima con un presentador, cuya voz retumbaba sobre toda la plaza, irritando mi descanso, logrando casi que me arrepintiera de haber emprendido ese viaje. De ñapa, había una cometa con un mensaje oportunista de “Boyacá le apuesta a la paz”.

Y ahí estaba yo, en medio de toda la muchedumbre, amargado para variar. Cuando de repente, empezó el show. Si alguien quisiera describirlo como “el vuelo majestuoso del cometa, que atravesó imponente el firmamento…”, esta vez no me enojaría, porque no sería una exageración. Salieron todos los artilugios del papel, elevados en el hermoso cielo de testigo. Eran las cinco de la tarde, se asomaba una luna menguante, unas cuantas nubes, y las montañas que rodean el pueblo, las cuales fueron testigos de cientos de cometas de colores, de todos los tamaños y formas, los cuales se suspendían hipnotizantes sobre la atmósfera.

Entre todas las cometas, emprendió su vuelo tardío una especie de mantarraya gigante, la cual capturó inmediatamente mi atención. Este animal gigante volaba y volaba, surreal sobre la muchedumbre, mientras embelesado apreciaba sus movimientos, casi atónito. Parecía natural, parecía realmente un ser viviente. Olvidé lo caro del hotel, los trancones a la entrada, el lleno total en los restaurantes, el inflable oportunista, la voz despreciable del animador. Olvidé todo, y me dieron ganas de volar a los lomos de la mantarraya.

13907194_10153663379005685_3434983263732932163_n

Me desconocí. Me dieron ganas de volar, me dieron ganas de emprender el viaje, de mandar todo a la mierda. “¿Y que tal si nos vamos al Tayrona en bicicleta? nunca hemos ido al Tayrona”. “Que se joda el Tayrona, vamos mejor a Ecuador”. “Que se joda Ecuador, recorramos toda Sudamérica en bicicleta, renuncia a tu trabajo y nos vamos, en un año estamos en Buenos Aires“. Mi mente daba vueltas y vueltas, me dejaba soñar, me dejaba imaginar locuras infinitas, universos paralelos en los que mis sueños se cumplían, en los que era una versión mucho más grande de lo que soy ahora.

La mantarraya aterrizó. El sol se puso, y todo volvió a la normalidad.

En la noche la plaza se llenó de “parches” tomando aguardiente, gringos buscando diversión y grillas buscando gringos. 2 días en la plaza, varios cientos de miles de pesos gastados… 10 minutos de surrealismo. 10 minutos para soñar.

Post-Scriptum: De vuelta en Bogotá, se me ocurrió googlear si era realmente posible viajar por toda sudamérica en bicicleta. Un sujeto lo hizo, gastó 6 meses y 8 millones de pesos, y la conclusión de su viaje, fue que necesitaba sentar cabeza y establecer una familia….

Mejor archivemos ese plan en la A-Z de los sueños. La voy a archivar al lado de aprender esperanto, participar en quien quiere ser millonario, ser el presidente del Junior y pasar una noche con Scarlett Johansson (?).

 

 

 

 

Mucho orégano (10/08/2016)

El día 10 de cada mes es sin dudas una fecha difícil. Hoy hice Pastas a la bolognesa, como suelo hacerlas, con bastante orégano. Yo sé que no te gustaba, siempre me lo criticaste. Decías que yo se lo echaba a todo. Al principio te gustaba mi cocina, luego todo se fue degenerando, lentamente.

Al principio era algo inalcanzable, luego me volví alguien normal. Siempre parecía que me faltaran 5 para el peso, siempre parecía que todo lo que hiciera no era suficientemente impresionante. Querías estar con un becado de Stanford, con un astronauta de la NASA, con un premio nobel, o con un medallista olímpico. Y yo no soy nada de eso. Nunca lo fui, solo fui un simple mortal.

Tantas cosas malas que teníamos, tantas mañas, tantas peleas. Haber terminado fue sensato, racional, fue una buena decisión. Pero hoy es 10, y te extraño. Extraño que me critiques las pastas, extraño que me critiques todo lo que digo, que me digas que soy violento, que vivo con rabia, que soy muy mamerto, que a todo le veo lo malo. Extraño que me digas como atarme los cordones, como ponerme los pantalones, como planchar las camisas. Que hago mucho ruido al cerrar la puerta. Que odias como mastico. Que maneje mejor mi plata. Que no le grite al televisor cuando el Junior va perdiendo, porque me hace ver como un idiota.

Y soy un idiota por extrañarte…

Ojalá te vayas becada a muchas millas de acá. O mejor aún, ojalá subas una foto con el nuevo objetivo de tus críticas. Para tener un tercer duelo, y dejarme de romper las pelotas con este dolor, que ya aburre.

Ojalá nunca leas esto, seguramente lo odiarías.